
Hay postales de la naturaleza que nos dejan sin palabras. Fue exactamente lo que me pasó cuando, después de un viaje largo —Santiago, La Serena, Vallenar y luego un desvío rumbo al Parque Nacional Llanos de Challe—, el bus turístico se detuvo frente a un manto fucsia que parecía extenderse hasta donde el ojo ya no puede distinguir. Eran parches infinitos, subiendo por los cerros de la cordillera de la costa, como si alguien hubiera derramado pintura sobre un lienzo de arena.
Miré a mi mamá, con quien compartí este corto y hermoso viaje a la Región de Atacama. Tenía los ojos humedecidos, esa expresión entre incredulidad y ternura con la que una vuelve a casa después de mucho tiempo. Yo sentí lo mismo. El desierto me estaba recibiendo con flores y no cualquier flor, la clásica pata de guanaco (Cistanthe grandiflora), con ese color que oscila entre rosa, magenta y fucsia, parecía cubrirlo todo.
El guía de Ecoturismo La Serena nos invitó a bajar. El silencio profundo del desierto, que usualmente es interrumpido por ráfagas de viento, desaparecía a ratos, invadido de expresiones como “Wow, que hermoso”. “¡Pero que espectáculo!”, escuché exclamar a una pareja de adultos mayores.
La vida que despierta bajo la tierra
Pocos fenómenos en Chile logran ese efecto de aparición milagrosa. Pero el desierto florido no es magia, es paciencia. Las semillas —diminutas, duras, resistentes— pueden dormir años bajo la arena esperando condiciones favorables. Según datos de Conaf, se calcula que más de 200 especies nativas emergen tras lluvias inusuales y la humedad que deja la camanchaca, esa neblina costera que viene del aymara kamanchaka, que significa “oscuridad”.
Entre 2024 y 2025, la combinación fue perfecta: precipitaciones sobre el promedio, temperaturas suaves y un suelo que llevaba tiempo acumulando promesas. Así aparecieron las favoritas:
- Pata de guanaco (Cistanthe grandiflora) con su fucsia encendido. Esta suculenta anual es la imagen más emblemática del fenómeno, cubriendo extensiones enteras con su intenso color rosado.
- Huille o azulillo (Leucocoryne spp.), con flores lilas y blancas, delicadas, que salpicaban la arena como estrellas difusas. Estas bulbosas aportan belleza visual y una fragancia que perfuma el desierto.
- Suspiros (Nolana paradoxa), con sus flores acampanadas, de un suave color celeste con el centro blanco, se abren modestamente sobre la arena.

Al regresar al bus, aún sin palabras para describir la belleza de ese paisaje, pude conversar con una pareja de biólogos que venía desde La Serena y habían viajado solo para eso.
—Es la segunda vez que venimos. No se puede ver esto solo una vez. Cada desierto florido es distinto. Cada año, otro cuadro.
Y tenían razón. Esa mañana el cielo gris hacía resaltar todavía más el fucsia de las laderas, un contraste casi teatral que no siempre se repite.
Flores, fauna y un almuerzo bajo los limoneros
Seguimos camino hacia una pequeña comunidad diaguita en la precordillera costera, donde paramos para almorzar. Nos sentamos bajo árboles de limones cargados, amarillos brillantes contra los cerros rosados a lo lejos. La dueña de casa vendía miel y un dulce de membrillo casero que estaba para chuparse los dedos. Ese momento, tan doméstico, tan cotidiano, parecía un contrapunto perfecto al espectáculo que acabábamos de ver.

Luego de una breve sobremesa, subimos nuevamente al bus, camino al Parque Nacional Llanos de Challe. En mitad de camino, paramos para contemplar otras especies de flores que iban apareciendo, como saludando a los viajeros con sus tonos amarillos y naranjos.
El guía insistió en algo importante:
— Por favor, recuerden no pisar las flores, ni arrancarlas ni salirse de los senderos.
Una huella humana puede destruir una planta que tardó años en germinar. Y una pisada, por inocente que parezca, puede romper el ciclo que mantiene viva a esta comunidad vegetal única en el mundo.
Nuestro paseo por Llanos de Challe transcurrió sin el avistamiento de fauna, pero la ciencia y los relatos de los guardaparques confirman que estábamos en un “hotspot” de biodiversidad única. El estallido floral atrae a una multitud de polinizadores y pequeños animales que despiertan con la humedad. Es cuando aves como la turca o la caminera encuentran una abundancia inusual de semillas, y escarbajos Gyriosomus, de un negro metálico, emergen como pequeños recolectores de la arena.
Y, por supuesto, estaba el desafío final: encontrar a la estrella –según nuestro guía–, la famosa garra de león (Bomarea ovallei), una flor endémica y emblemática que ya había pasado su peak de floración.

Encontrar un ejemplar fue un pequeño reto, pero no difícil, solo había que seguir la silueta de los grupos de visitantes, que se amontonaban con reverencia y cámaras en mano para capturar a la reina esquiva.
El regreso y la flor que traje conmigo
Cuando retomamos el camino de vuelta, el bus avanzó lento para regalarnos una última mirada. Yo me quedé pegada a la ventana. La alfombra fucsia seguía ahí, extendiéndose hacia el horizonte y ahora iluminada por los rayos del sol de la tarde.
Pensé en la frase de los biólogos, “cada desierto florido es distinto” y entendí entonces que yo también era otra al volver. Regresar a Chile después de dos años fuera y encontrar el desierto vestido de flores no se sintió como una casualidad; se sintió como si aquel primer golpe de color —esa detención brusca del bus frente al manto fucsia, ese instante en que todos quedamos en silencio— hubiera sido una forma de bienvenida. Un gesto de la tierra diciendo: “mira, aún hay belleza esperándote aquí”.
Mientras el paisaje se hacía más tenue y caía la noche, tuve la sensación de llevarme algo conmigo. No una flor —que nunca habría arrancado—, más bien el recuerdo de esos pétalos extendidos como un saludo inesperado. Esa escena bastó para recordarme la belleza de Chile y de esos paisajes que, incluso tras años lejos, siguen encontrando formas nuevas de dejarme sin palabras.
Fuentes:
CONAF. Vive la magia del DESIERTO FLORIDO 2025.
CONAF. Parque Nacional Llanos de Challe.
Noticias INIA. El desierto que florece: un tesoro efímero y único que ocurre en Chile.