
Montreal, enero de 2022.
Sentada en el bus, rodeada por una docena de escolares —todos adolescentes, todos hombres, todos con el uniforme del frío metido hasta los huesos— me pregunté qué tan distinta puede ser realmente la juventud de un país “desarrollado” frente a la de uno “en vías de desarrollo”.
La escena que presencié me trasladó de golpe a Chile, a esos colegios donde el bullying es parte del paisaje y los matones reinan impunes.
Al principio, el grupo parecía inofensivo. Subieron entre empujones, haciendo bromas en francés, golpeándose amistosamente los hombros, riendo a carcajadas. Una escena ruidosa, sí, pero típica. Pensé que era solo un grupo de adolescentes liberando tensiones tras otro largo día de clases.
Pero lo que vino después me dejó helada.
En cuestión de segundos, los gritos se volvieron más agudos y uno de ellos —el que parecía liderar la manada— soltó una lluvia de puñetazos sobre otro que iba sentado a su lado. El efecto dominó fue inmediato: el resto se sumó a la escena como si se tratara de una rutina ensayada.
Los golpes resonaron con violencia en el interior del bus, entre los asientos de vinilo azul y las ventanas empañadas. Una mujer mayor intentó intervenir, pero su voz se perdió como el vapor de su aliento. Nadie más dijo nada. Todos fingimos que la nieve del exterior nos había congelado también por dentro.
La víctima de la agresión era un chico negro, de estatura baja pero maceteado. Resistía con el cuerpo lo que no podía soportar con la mirada. En sus ojos no había miedo, pero sí una tristeza hundida, antigua. Una mezcla de vergüenza, impotencia y resignación.
Quizás esa misma escena se repite cada día en su sala de clases, en el patio, en el comedor. O en ese mismo bus, donde alguna extranjera como yo se cruza ocasionalmente con ese ritual triste y prehistórico: la humillación pública convertida en espectáculo cotidiano.
Y entonces me pregunto —con rabia, con decepción— si lo único que realmente separa a los países desarrollados de los nuestros es el clima.
Así es muñequita, lo indios son indios, aquí y en la quebrada del ají, no hay diferencia, el idioma da lo mismo, muy fuerte tu relato, todo lo que brilla…no es oro, por suerte no te pasó nada 😞