
“Un viajero debe encontrar el equilibrio entre lo que piden sus raíces y lo que desean sus alas”, me dijo Chris, mi amigo y escritor de viajes coreano, mientras tomábamos un café en la terraza del departamento que compartíamos en Krusevo, Macedonia del Norte.
Era verano. El sol se filtraba entre las nubes y allá arriba, en lo alto, el Makedonium se alzaba como una nave espacial posada sobre la montaña, observando en silencio la ciudad que parecía suspendida entre el cielo y la historia.
Chris dijo esa frase justo cuando yo estaba decidiendo volver a Chile. Su metáfora se instaló en mí como una brújula interior: raíces que tiran hacia dentro, alas que empujan hacia afuera. Krusevo, con su historia y su espíritu patriótico, fue ese punto de encuentro entre ambas fuerzas.
Historia que vibra entre montañas
Llegué a Krusevo después de un mes en Ohrid —la joya de Macedonia del Norte—, sin imaginar que las siguientes dos semanas serían una lección de identidad, memoria y celebración. Era inicios de agosto y el pueblo entero se preparaba para conmemorar la Revuelta de Ilinden, un levantamiento ocurrido el 2 de agosto de 1903 contra el Imperio Otomano. Aquellos días dieron origen a la efímera República de Krusevo, que duró apenas diez días, pero encendió una llama que aún arde en el corazón macedonio.

El Makedonium, inaugurado en 1974, fue creado para honrar esa historia. Diseñado por la arquitecta Iskra Grabuloska junto a Jordan Grabulovski, combina brutalismo con modernismo: un monumento blanco, curvo, con vidrieras de colores que filtran la luz como fragmentos de auroras. Su interior guarda una cripta con los nombres de los revolucionarios y mosaicos que narran la resistencia. Es imposible mirarlo sin sentir que uno está ante algo más que una obra de arte o un museo.
Música y un cielo lleno de parapentes
Durante el día, el cielo se llenaba de colores. Miles de parapentes se desplegaban sobre el valle, dibujando rutas invisibles entre las montañas. Krusevo es considerada una de las capitales del parapente en Europa, sede de campeonatos mundiales gracias a sus vientos térmicos perfectos y su altura privilegiada.

Las noches, en cambio, pertenecían a la música. Asistimos a un concierto de jazz en el Amfiteatar Krusevo (o Teatro al aire libre de Krusevo), cerca del lago, donde el clarinetista Ismail Lumanovski hizo vibrar cada piedra del anfiteatro con su interpretación impecable. La noche siguiente, una banda de blues desató su energía en la plaza central. Los acordes se mezclaban con risas, copas y el eco de un idioma que no entendía, pero que sentía profundamente familiar.
Krusevo también late al ritmo de Toše Proeski, su hijo más querido. Cantante, compositor y símbolo nacional, murió trágicamente en un accidente automovilístico en 2007, a los 26 años.

Visitamos su museo, la Memorial House Todor “Toše” Proeski, que está muy cerca del Makedonium. Allí, entre trajes de escenario, premios y fotografías, la voz de Toše sigue sonando, como si el aire de su ciudad natal aún la sostuviera.
Canciones y momentos que son para siempre
En los días más tranquilos, caminaba sola hacia el lago Krusevo, pequeño y sereno, donde los jinetes —personajes clave en la conmemoración de la revuelta— llegaban con sus caballos después de las cabalgatas patrióticas. El viento traía el sonido del himno nacional, que aprendí casi sin querer, escuchándolo una y otra vez:
No llores, querida madre Macedonia,
levanta tu cabeza con orgullo.
Viejos, jóvenes, hombres y mujeres,
¡se levantaron en pie!
Viejos, jóvenes, hombres y mujeres,
¡se levantaron en pie!
Y una vez más ondea la bandera,
la de la República de Kruševo.
Esa mezcla de orgullo y ternura me conmovía. En las calles, los niños saludaban a Chris con un inocente “ni hao” (hola en chino), confundiendo su origen. Él sonreía, paciente, sabiendo que era el único turista asiático en ese pueblo.
Días antes de despedirnos, cocinamos empanadas chilenas –con un toque balcánico– en la pequeña cocina del departamento. Mezclar harina y recuerdos fue nuestra forma de sellar la amistad. Le prometí que la próxima vez nos veríamos en Corea del Sur, para que él me enseñe a preparar un plato típico.
La noche siguiente, el Makedonium se iluminó en tonos rojos y violetas para una fiesta electrónica que transformó el monumento en un templo del futuro. La estructura parecía latir al ritmo de la música. Era como si las luces reavivaran los ecos de todas las historias que guarda ese lugar, la resistencia, los sueños, las canciones.

Chris bailaba fascinado por la escena encandilante y yo lo miraba pensando que quizá esa era la manera más pura de entender lo que me dijo la primera noche: el equilibrio entre las raíces y las alas.
Krusevo me recordó que una no tiene que elegir entre quedarse o volar. A veces basta con mirar el cielo —ese cielo lleno de parapentes, himnos y luces— y entender que las alas también pueden tener raíces.
Que hermosas experiencia muñequita , vibro con cada una de ellas, imagino lo que sentías, me siento feliz por lo que has conocido y vivido en este viaje hermoso, seguirás viviendo muchas historias más, estaré viviendo contigo tus experiencias aunque no estemos juntas,…sabes que estoy siempre a tu lado, 💜
Como siempre interesantes y hermosas tus crónicas
No dejes nunca de escribir, me transportaste a ese lugar maravilloso, tienes el don.
I’m Chris. The days I spent in Kruševo with Gabi (God Bless You 😍) were some of the best days I’ve had in North Macedonia. We didn’t have to travel far to enjoy music, theater, and dance. Even though it’s a small town, it’s home to the ten-day Ilinden Uprising Festival, one of the most important celebrations in North Macedonian history. Just by stepping out of the house, we could enjoy music, theater, dance—the arts of our humanity. A big hug to Gabi, who shared those beautiful days with me. I miss you already.