Lo que aprendí este año escribiendo sobre ciencia, viajes y trabajo

Este 2025 estuvo lleno de aventuras y aprendizajes sobre nomadismo digital y comunicación científica. Aquí algunas de mis reflexiones.

Recuerdo perfectamente dónde estaba cuando me animé a escribir el primer artículo que subí a LinkedIn este año. Un pequeño café en la mitad de un parque de Pristina, la capital de Kosovo. El capuchino humeante, una mesa pequeña y no tan cómoda, el ruido de los niños jugando alrededor, los pájaros, los perros y mi computador abierto y listo para el tecleo a ritmo intenso, pero pausado.

Como esa, guardo muchas escenas en la memoria. Fragmentos que parecen sueltos, pero que con el tiempo se ordenan como un rompecabezas. Así he ido reconstruyendo mi camino como nómada digital, a fuerza de escribirlo.

Cruzar una calle en Vietnam esquivando motos como quien aprende a leer un sistema complejo sin manual de instrucciones. O visitar playas paradisiacas en Tailandia y entender que sin buena salud mental, no hay paisaje que se disfrute.  

Este año escribí desde el movimiento, la observación y la incomodidad que provoca un estilo de vida tan emocionante como lleno de incertidumbre, con un toque de dificultad extra: mezclarlo con mi perfil como periodista de ciencia y medioambiente.

Uno de mis lugares favoritos este año fue Ohrid, en Macedonia del Norte, donde pude trabajar en un café frente al lago en pleno verano ¡Una maravilla!

Al principio no lo vi como un proyecto anual. Publicar un artículo al mes fue más bien una forma de no soltar el hilo, de seguir pensando en voz alta mientras cambiaban los paisajes. Con el tiempo entendí que había algo más profundo: estaba escribiendo para entender cómo se comunica la ciencia cuando deja de ser abstracta y empieza a mezclarse con la vida cotidiana.

Porque estudiar la contaminación va mucho más allá de leer un paper cuando la garganta te arde y terminas enferma tras semanas respirando aire saturado por las emisiones de miles de motos en una ciudad como Hanoi, una de las 10 ciudades más contaminadas del mundo según IQAir.

La adaptación deja de ser una palabra de moda cuando tienes que reorganizar tu trabajo porque el entorno cambia todo el tiempo. Ya sea por elección —como en el caso de quienes optamos por el nomadismo digital—, por circunstancias familiares, como ocurre con los llamados niños de la tercera cultura, o por causas mucho más duras: inundaciones, sequías o incendios forestales que obligan a evacuar comunidades completas, cada vez con más frecuencia debido al cambio climático.

La sostenibilidad, por su parte, deja de ser un eslogan cuando depende de decisiones fiscales que afectan cómo vivimos, viajamos y producimos. Un ejemplo concreto son los llamados impuestos verdes. Dinamarca, país pionero en este ámbito, anunció un impuesto a las emisiones de metano del ganado, una de las principales fuentes de gases de efecto invernadero del sector agrícola. Medidas impopulares para algunos, pero clave si se quiere ir más allá del discurso. 

Escribiendo sobre estos temas —desde cómo inspirar una vida más sostenible a través del nomadismo digital hasta cómo combatir la contaminación provocada por el turismo en temporada alta— entendí que muchas de las decisiones que hoy se discuten como “verdes” o “sostenibles” no ocurren en abstracto: afectan directamente cómo nos movemos por el mundo, qué consumimos y qué impactos dejamos en los territorios que habitamos, aunque sea de paso.

Pasar una tranquila tarde en una de las playas de Vlorë, en Albania, es un panorama empañado por la basura que “decora” casi toda la costa de la ciudad.

Para mí, divulgar ciencia no es repetir información, es aprender a contarla según el lugar, el momento y las personas que tienes enfrente.

Eso se me hizo especialmente evidente al volver, seis años después, a mi tema de tesis: el boom de la divulgación científica en Chile. Leer el nuevo estudio sobre quiénes comunican ciencia hoy fue como mirarme en un espejo en movimiento y viajar en el tiempo.

Un campo más amplio, más feminizado, más diverso, pero también sostenido por la autoformación y la precariedad. Un oficio que se aprende andando, leyendo, equivocándose, volviendo a intentar.

Este año confirmé algo que ya intuía cuando escribía desde el living de mi casa en 2019: comunicar ciencia nunca fue un trabajo estático. Hoy eso es más visible, más literal. Se hace cuidando casas prestadas —como lo hice por dos meses en Tirana, Albania—, en bibliotecas públicas, en coworks callejeros —como los que instalan en el verano en Montreal—, o en largas escalas en aeropuertos. Se hace entre husos horarios, con cafés tibios y conexiones inestables.

Y, aun así —o justamente por eso—, sigue teniendo sentido.

No porque vaya a salvar el mundo, es porque ayuda a poner en palabras lo que muchas veces solo sentimos como ruido de fondo: el clima que cambia, las ciudades que asfixian, las políticas que se deciden lejos, la urgencia de entender mejor y, ojalá, pasar de las palabras a la acción.

Cierro el año sin conclusiones grandilocuentes. Me quedo con una imagen sencilla: escribir mientras el mundo pasa, sin intentar detenerlo, pero tampoco mirar hacia otro lado. Seguir contando ciencia desde ahí, en tránsito, con el privilegio —y la responsabilidad— de observar distintas realidades y aprender de ellas.

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