Mis amigas de Cancún

Playa Delfines, ubicada en la zona hotelera de Cancún y donde, mi último día en Cancún, pude ver el amanecer con mis queridas amigas.

¿Cuál ha sido uno de los momentos más hermosos que han presenciado en sus vidas? Para mí, sin dudarlo ni un segundo, fue ver el amanecer en el mar Caribe. Es estar frente al inmenso océano, contemplando un cielo azul profundo, disfrutando de la brisa y el sonido de las olas. Por un instante, el tiempo se detiene y la calma de la naturaleza te envuelve.

“¿Verdad que valió la pena madrugar?”, me dijo emocionada Mary, una mujer de unos cincuenta y tantos, originaria de Veracruz. A pesar de su apariencia robusta y su personalidad fuerte, es una persona dulce, cercana y cariñosa.

“Claro mamá, de todo el tiempo que llevo viviendo en Cancún, nunca había hecho esto”. Le respondió Vianey, su hija, una chica de unos veinte y algo, tan alta y corpulenta como su madre. “Guerita”, como dicen los mexicanos a las personas de ojos y cabello claro, algo tímida al principio, pero que agarra confianza al poco tiempo de conocerte.

Coincidí con ellas en noviembre de 2021, cuando decidí hacer un voluntariado en Cancún por casi un mes. Vianey y Jenny me recibieron en “Casita Rainbow”, una casa ubicada en el barrio Lombardo Toledano, muy alejada de la zona hotelera de la ciudad, justo lo que estaba buscando: un lugar menos turístico y más auténtico.

Aunque no impacta a primera vista, la Playa del Niño, cercana al Puerto Juarez en Cancún y cerca del barrio donde está la casita Rainbow, me permitió conocer la verdadera esencia de la gente local disfrutando de un día de playa.

“Por favor, no llegues temprano. Ojalá después del mediodía, porque yo aún estaré durmiendo”, me escribió Jenny, una chica morena, menuda pero con una personalidad fuerte que al principio me intimidó un poco. No lo entendí del todo hasta que pasé varios días con ellas. Se la pasaban de un lado a otro, administrando y limpiando varias casas que rentaban en Airbnb, por lo que solo bien entrada la noche tenían tiempo para descansar y siempre se dormían muy tarde.

Su casa era un constante “albergue” de viajeros que iban rotando, a quienes ofrecían alojamiento gratis a cambio de algo de ayuda. ¿Y cuál era mi misión ahí? Preparar crepas. Sí, tal como lo leen. ¡Pude vivir prácticamente gratis en Cancún por casi un mes solo cocinando!

Jenny y Vianey las vendían por encargo a vecinos o conocidos que vivían cerca. Usualmente nos reuníamos en la sala por las tardes y comenzábamos con el negocio, que al poco andar se convirtió en un momento del día en el que no nos paraba la lengua y en el que nos contamos casi toda nuestras historias de vida.

En una de esas tardes, supe del duro pasado de las chicas, cómo habían vivido en la calle y cómo, juntas, habían salido adelante, convirtiéndose en compañeras inseparables.

Recuerdo el día en que la mamá de Vianey llegó a casa. Su figura imponente y su alegría llenaron todo el lugar. Me saludó con un abrazo apretado, como si fuera otra más de sus hijas. Mary Karmen era una señora querendona que nos hizo sentir, tanto a Kevin –el otro huésped que compartía habitación conmigo– como a mí, parte de la familia.

“Hoy voy a preparar pollo con mole para celebrar el cumpleaños de Vianey, y claro que están invitados”, nos dijo la tarde del 23 de noviembre. Ufff, jamás olvidaré el sabor de ese pollito con arroz, esa mezcla perfecta del chocolate y el chile despertando todas mis papilas gustativas. El postre fue el pastel y un montón 

de carcajadas que compartimos con ellas y otros amigos de ella ¡La alegría y hospitalidad les brota por los poros a los mexicanos! Sobre todo cuando se trata de celebraciones.

Esta delicia es el famoso “pollo mole” que nos preparó Mary Karmen. Un manjar, seguramente bendecido por los dioses mayas… un plato que parece sencillo, pero que, para mi, es de los más complejos en cuánto a mezcla de sabores y que no es fácil de probar para paladares regodiones.

Hicimos tan buenas migas con Mary Karmen, que a cada panorama que tenía me invitaba. Un día estábamos de paseo por el Mercado 28, mirando artesanías y productos locales. Hacía mucho calor, a pesar de que el cielo estaba completamente nublado, teñido de ese color gris que anuncia: “¡Ojo! Ya se viene la lluvia”.

Y así fue. De un momento a otro, el aguacero era imparable, furioso. Un chaparrón impresionante que nunca había visto en mi vida. En cuestión de segundos quedé como “perro mojado”. “Así es el Caribe”, dijo Mary entre risas.

Gracias a ellas conocí lugares como la iglesia “María Estrella del Mar”, con su sencilla imagen de la Virgen y el turquesa del mar Caribe como telón de fondo. O la zona arqueológica de San Miguelito con su Gran Pirámide –¡en plena zona hotelera!– y el Museo Maya de Cancún.

La infaltable selfie con mis queridas Mary Karmen y Vianey mientras paseábamos por las cercanías del Puerto Juarez. Esta foto es con la Virgen María Estrella del Mar.

Dos días antes de mi viaje a Canadá, les comenté que quería ver el amanecer en la playa. Para alguien que vivió treinta años en la costa occidental del cono sur, acostumbrada a ver el sol salir entre las montañas de los Andes y esconderse en el océano Pacífico, era algo que sí o sí debía hacer. “Nosotras tampoco lo hemos visto aquí. ¡Vamos contigo!”, me dijeron de inmediato.

Y fue con ese hermoso espectáculo de la naturaleza que cerramos con “broche de oro” nuestro tiempo juntas. Se acercaba la Navidad, así que también tuve la oportunidad de acompañar a Jenny y Vianey a hacer algunas compras navideñas y disfrutar de una última noche de conversación, risas y llanto. Intercambiamos regalos. Yo les regalé un vino chileno que logré encontrar en el supermercado y ellas me dieron una bota navideña llena de dulces –sí, incluía caramelos picantes–.

Y aunque se que me odiará por subir esta foto, pero aquí estoy con mi querida Jenny en nuestra última noche compartiendo antes de mi viaje a Montreal.

Siempre estaré agradecida de haberlas conocido. Por ellas probé los chilaquiles, las lentejas preparadas al estilo mexicano –¡pican muuuucho!–, las paletas caseras de Oreo que vendía su vecina y la cajeta. 

Pero, más importante aún, gracias a ellas me sentí como en casa, en uno de los países denominados como el “más peligroso del mundo para las mujeres”. Con ellas me sentí segura y me la pasé bien chido ¡Gracias, mis amigas de Cancún, por hacerme sentir como una más de la familia!

1 comentario en “Mis amigas de Cancún”

  1. Que hermosa vivencia con tus nuevas amigas, pasa que uno en estos tiempos desconfía de casi todos… pero aún quedamos personas buenas en este mundo, me considero así, también he tenido esa experiencia en nuestra casa, recuerdas a la pareja de franceses a las otras chicas francesas a una chica de Brasil y así, como dice el gran Jorge Drexler, TODO SE TRANSFORMA, los buenos gestos…se devuelven hijita mía 💜

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