
Era principios de julio cuando una luna llena enorme iluminaba el lago Ohrid. Sus aguas quietas reflejaban el centro de la ciudad como si fueran un espejo antiguo, cargado de memoria. El aire era fresco, con ese olor mineral que dejan los lagos al anochecer y en la mitad del muelle Son, un cantautor y músico coreano de mirada serena y mucho conocimiento sobre la canción protesta chilena, rasgueaba su guitarra viajera.
Cantaba en su idioma una melodía que yo conocía muy bien:
¡El pueblo, unido, jamás será vencido!
No en español, sino en coreano y en una ciudad a miles de kilómetros de Chile. La canción que había marcado las luchas contra la dictadura en mi país resonaba en otra lengua, en tierras que también saben de revueltas y resistencias.
Me quedé en silencio, escuchando ese eco improbable del pasado, como si el viento llevara consigo la memoria de pueblos distintos, pero cercanos en el dolor y en la esperanza.
Esa noche, después de los aplausos, Son me miró y me dijo con calma:
—Chile y Corea han conocido dictaduras oscuras… nuestros pueblos están más cerca de lo que creemos.
Sonrió mientras acomodaba su guitarra para seguir cantando. Yo asentí, sin encontrar palabras suficientes. El lago, a nuestro lado, parecía guardar también esa conversación.
Había llegado a Ohrid el 25 de junio, después de tres semanas en Skopje, ciudad capital de Macedonia del Norte. Me instalé en el Vintage Hostel, una casita sencilla, de paredes encaladas y una pequeña terraza, donde Dean —un macedonio de unos cuarenta años— y su madre recibían a cada viajero como si fuera parte de la familia. Desde la primera noche supe que ese lugar iba a ser más que un alojamiento, y así fue, se transformó en un hogar.
Con el tiempo, los días comenzaron a llenarse de rostros. Kari, una argentina que hablaba con la energía de quien siempre tiene algo más que contar; Benedetto, un italiano que recorría Europa en moto y que completó nuestro pequeño grupo latino. Las tardes las pasábamos frente al lago, entre conversaciones profundas y silencios contemplando los atardeceres más hermosos que he visto en mi vida, desde el mejor “viewpoint de sunsets” de la ciudad, la iglesia Juan Kaneo.

Luego llegaron Chris, el escritor de viajes coreano, y su amigo Son, con su guitarra inseparable. El mismo día llegó Carola, una austríaca encantadora y libre, de esas viajeras que parecen caminar sin mapas. Y también Mimi y Nana, dos japonesas kawaii, con una simpatía que hacía que todo pareciera más simple. Nana, sobre todo, tenía algo de espíritu latino escondido en su risa y que compartía hablando un perfecto español. El grupo lo completó Sandrine, una chica francesa y nómada digital igual que yo, con quien compartimos tardes de trabajo e historias personales.
Un domingo hicimos un asado en la terraza del hostel. El humo subía lento, mezclándose con el olor del vino macedonio —muy rico, por cierto—. Dean se unió a la mesa y también Kelly, una estadounidense de unos sesenta y tantos que me sorprendió con un relato que aún me hace sonreír con cierta envidia: en su juventud fue grupie de David Bowie.
Me reí incrédula. ¿Cómo podía estar, en medio de los Balcanes, escuchando de primera mano anécdotas sobre mi ídolo musical? Kelly hablaba con una naturalidad que me parecía casi injusta. Envidié su juventud y agradecí al mismo tiempo estar allí, bebiendo sus recuerdos como si fueran vino viejo.
Los días pasaban entre baños en el lago, cenas improvisadas y largas conversaciones donde cada quien dejaba un pedazo de su vida en la mesa. Ohrid, que había llegado a mí como una ciudad pintoresca para descansar unos días, se transformaba poco a poco en un cruce de caminos humanos, en una estación donde el viaje se volvía más humano que geográfico.

Pero más allá de los amigos y las experiencias personales, Ohrid tiene mucho por ofrecer. La ciudad guarda más de dos mil años de historia en sus piedras e iglesias, y el lago, compartido entre Macedonia del Norte y Albania, es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Sus aguas son tan antiguas que han sido llamadas un “museo vivo”, pues conservan especies endémicas que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo.
Este lago alberga más de 200 especies únicas, desde algas, caracoles, crustáceos hasta truchas como Salmo letnica y Salmo ohridanus, además de 176 especies endémicas de fauna de fondo y una biodiversidad comparable a la del lago Baikal, en Rusia.
En agosto, cuando ya me sentía parte del paisaje, conocí a Ferriel y Lina, una francesa y una china con las que formé un lazo rápido e intenso, como esas amistades escolares que nacen de la nada y se vuelven inseparables.
Con ellas tomé un barco que cruzó el lago hasta el monasterio de Saint Naum, uno de los lugares sagrados de Macedonia del Norte. El agua, de un azul turquesa de ensueño, golpeaba suavemente la proa y al llegar caminamos entre manantiales cristalinos, turistas y locales encendiendo velas y dos pavos reales que parecían guardar su belleza solo para los santos. Desde allí, con Albania apenas al otro lado, sentí que los Balcanes eran más un puente que una frontera.

También visitamos la bahía de los huesos, un museo flotante que recrea un asentamiento prehistórico sobre pilotes de madera. Se trata de una reconstrucción arqueológica de un poblado prehistórico sobre pilotes en el lago, correspondiente al periodo entre 1200 y 700 a.C.
El crujir de la pasarela y el olor a madera húmeda hacían fácil imaginar cómo era la vida allí, hace miles de años, cuando el lago ya existía y guardaba secretos en su fondo.
Cuando me despedí de esta ciudad, el agua brillaba bajo otro ciclo lunar. En ese reflejo comprendí que Ohrid no solo guarda especies únicas y recuerdos milenarios, también resguarda a los viajeros que pasan, los mezcla, los transforma y los deja ir con un pedazo de su historia.
G.
Que hermosa historia la que viviste ahí mi muñequita, me encantó tu relato, si parecía verlo como una película, te pasaste, muy muy lindo 🌷🌷🌷
The stories and music we shared together will remain in our minds with the scent of a three-litre pack wine.