
Hay lugares que uno visita como turista, y hay otros a los que llegas con la emoción de quien está a punto de cumplir un pequeño sueño.
Fue la mañana del 8 de diciembre del 2021. Salí de la estación Saint-Michel, en Montreal, y miré a mi alrededor con una mezcla de ansiedad y entusiasmo. Había revisado el mapa unas veinte veces para asegurarme de que lo que buscaba estaba justo ahí. El frío canadiense no me detuvo. Aunque el termómetro marcaba -7 °C, por dentro yo ardía de pura emoción.
El sol rebotaba en los restos de nieve que aparecían como manchones sobre la calle y obligaba a entrecerrar los ojos. Caminé a paso firme, como quien se dirige a una cita largamente esperada. El corazón me latía cada vez más rápido.
Hasta que lo vi.

Frente a mí, a unos metros, estaba el edificio donde la magia había tomado forma en los años ochenta. Rodeado de esculturas creativas y coloridas, parecía un pequeño universo en medio del invierno. Las oficinas centrales del Cirque du Soleil estaban ahí, tangibles, reales.
Me acerqué a la entrada. Y entonces llegó el pequeño golpe de realidad: un letrero que anunciaba restricciones de entrada por la reciente pandemia.
Aunque las cuarentenas más estrictas ya habían terminado, todavía no era momento de que los artistas de uno de los circos más influyentes del mundo regresaran a su casa creativa.

Me quedé unos segundos en silencio. Después hice lo único que podía hacer: rodeé el edificio completo. La fachada, casi enteramente de vidrio, dejaba ver los talleres de vestuario: mesas largas, telas vibrantes, maniquíes vestidos con formas imposibles. No tuve que imaginar cómo se construye la fantasía. Estaba ahí, a pocos metros, detrás de un vidrio helado. Yo avanzaba pegándome a cada ventana, como si así pudiera absorber algo de esa energía creativa.
Me tomé fotos con la emoción intacta, como si acabara de salir de uno de sus espectáculos.
Mientras miraba esos trajes suspendidos en maniquíes, iluminados por luces blancas del taller, recordé que mi historia con el Cirque no había empezado en Montreal. Había comenzado mucho antes y a miles de kilómetros de ahí.

En 2006, mi familia y yo —todos fanáticos— fuimos “en patota” a ver Saltimbanco, el primer espectáculo que la compañía presentó en Chile. Recuerdo la carpa, la música en vivo, los cuerpos desafiando la gravedad con una naturalidad casi absurda. Sali convencida de que aquello no era solo circo. Había algo más: teatro, danza, música, una especie de universo paralelo construido sobre un escenario. Desde esa noche no les perdí el rastro.
Años después, en plena pandemia de 2020, el Cirque comenzó a transmitir especiales cada viernes en su canal de YouTube. En mi casa se transformó rápidamente en un pequeño ritual. Con mi mamá y mi hermano menor nos sentábamos a verlos como si fuera una función privada. Durante una hora olvidábamos las malas noticias, el encierro y la monotonía de esos meses extraños. Solo quedaban las acrobacias, la música y ese asombro infantil que el Cirque sabe despertar como pocos.
Lo que comenzó en Quebec en los años ochenta como un grupo de artistas callejeros terminó transformándose en un fenómeno cultural global. Fundado en 1984, el proyecto apostó por un camino poco común para el circo de la época: prescindir de animales y construir espectáculos donde la narrativa, la música original, la iluminación y el vestuario tuvieran el mismo peso que las acrobacias.

Así nació una forma distinta de entender el circo. Cada espectáculo se convirtió en un mundo propio, con personajes, atmósferas y una estética inconfundible. Con el tiempo, sus producciones viajaron por los cinco continentes y el Cirque du Soleil pasó a formar parte de la identidad cultural contemporánea de Canadá.
Yo no estaba frente a una oficina cualquiera. Estaba ante el lugar donde se diseñan universos que luego recorren el planeta, donde se preparan giras mundiales y donde lo imposible se practica hasta que parece sencillo.
Y, sin embargo, esa mañana de diciembre la puerta estaba cerrada. No crucé el umbral. No hice un tour guiado. No conversé con ningún artista, pero mientras rodeaba el edificio, mirando a través del vidrio, con el frío pegándome en la cara, entendí algo simple. Había llegado al lugar donde nacen esos mundos que durante años había visto desde una butaca.
Estar ahí, en ese barrio silencioso de Montreal, fue suficiente.
A veces los sueños no necesitan puertas abiertas.
Basta con encontrarlos al final del camino.
G.
Un hermoso y mágico relato, que solo con leerlo te sientes como si también estabas ahí y incluso sentir hasta el frío, excelente experiencia, lo mejor el Gran Cirque du Soleil 🥰